Hubo un tiempo, hace más de veinte años en que fui parte de la máquina gentrificadora que entonces convertía a Guanacaste en la colonia extranjera que es ahora. Digo esto sin estar orgulloso de eso, todo lo contrario, aunque no era más que uno de los tantos ingenieros de una de las tantas empresas constructoras que construían palacetes para los nuevos colonos en un entorno que los nacionales remataban a precio de ganga para tener una casita con aire acondicionado y un vehículo todo terreno para apantallar a vecinos y parientas. Fui ingeniero en varios proyectos que abarcaban la costa desde Playas del Coco hasta Papagayo y me aprendí de memoria toda esa franja y otras zonas del Pacífico norte que visité en los ratos libres que lograba escamotear al yugo de las construcciones.
En esa época era muy aficionado a nadar en aguas abiertas. Localizaba alguna playa con corrientes tranquilas y la recorría nadando uno o dos kilómetros, distancias que calculaba paralelas a la playa o mirando hojas cartográficas, que se usaban en tiempos previos al Google earth. También hacía, a mi manera, dado que nunca recibí el adiestramiento respectivo, lo que llamaba buceo a pulmón. Encontré algunos arrecifes entre Hermosa y playa Panamá y me sumergía a explorar la naturaleza que allí vive. Tiempo después verifiqué que muchos de los lugares a donde lograba entrar con el vehículo de doble tracción que la empresa me había asignado, tienen ahora carreteras perfectamente pavimentadas, pero exclusivas de hoteles y condominios exclusivos para foráneos o nacionales acaudalados. Dejan como único acceso, estrechos y empinados vados para que los nacionales no aleguen que se les cerró el acceso a la playa. Recuerdo que playa Panamá fue el lugar donde más había encontrado mantarrayas tanto cerca de la playa, como algunos cientos de metros mar adentro, y que esta situación, a pesar de que me encantan esos animales, hizo que fuera la que menos frecuentara en mis excursiones acuáticas.
Esta playa en ese entonces no era tan visitada como las demás, pero me llamó la atención que existían restos de infraestructura construida para recibir turistas, todo abandonado. Hasta una placa del ICT, llegué a ver por ahí. Le pregunté a Juan Jicote, amigo oriundo de Filadelfia, que entonces se encargaba del transporte de los trabajadores y con quien comentaba libros y películas y compartía cervezas al final de la jornada, y me dijo que en esa playa se habían construido servicios sanitarios, duchas, ranchos, áreas de camping y que para semana santa y fin de año, la zona se llenaba de tiendas de campaña y de gente principalmente de Liberia que llegaba a pasear al lugar. Decía que era conocida como la playa de Liberia, porque la gente de la localidad disfrutaba de enfiestarse por allá; por la afluencia de turistas nacionales en los años noventa el ICT procuró que existiera la infraestructura suficiente para que el lugar fuera seguro y ordenado.
Pero, (como siempre en toda historia hay un ¨pero¨ que se caga en todo), en tiempos del Abel Pacheco, el ministerio de Turismo presionó al de ambiente para que se girara la directriz de prohibir los campamentos en la playa y los guanacastecos no pudieron volver a realizar su migración playera anual. Las instalaciones se clausuraron y pronto se convirtieron en ruinas. Por supuesto, el interés del ministerio de turismo era enfocarse en turistas de muy diferente naturaleza. Dejar todas las bellezas de la costa del Pacífico para familias de trabajadores costarricenses era, para los que calentaban las sillas del poder, un excesivo desperdicio de dinero. Y yo le agregaría, la pérdida de muchas bonificaciones por parte de empresarios extranjeros que se beneficiarían en delante de la maravillosa naturaleza nacional.
Jicote, con quien a veces aún tengo comunicación, me cuenta que ahora se dedica al transporte de estudiantes y que los fines de semana se redondea sus ingresos organizando paseos a la playa en su buseta, pero que se limita a llegar a las playas más populares y sobre todo accesibles al transporte, puesto que en sus paseos viajan muchos niños y adultos mayores que no pueden acceder a las playas que no tienen caminos de ingreso seguros y que por desgracia son las playas más bonitas. Todavía playa Panamá es uno de sus destinos frecuentes, pero se ha enterado de que anda cierta chusma vandalizando los autos de los turistas que llegan a pasear por ahí. Según sospecha esta chusma es pagada por israelíes dueños de un par de hoteles de lujo nuevos que así, pretenden disminuir la cantidad de turistas ticos en la playa y dejar espacio para sus clientes. Él disfruta de tirar su hamaca en alguna sombra y bajarse un par de birritas mientras los clientes de su tour están en la playa, pero la última vez que fue ahí tuvo que quedarse cocinándose en vida dentro de su microbús, cuidándola para que no le fueran a estallar una llanta o a reventar el parabrisas de una pedrada.
—La playita es para disfrutarla —me decía—, pero ya no nos quieren a los veraneando por aquí cerca. Ahora tenemos que apretarnos todos los en el Coco o en Hermosa, y las demás playas son para los que tienen la plata para pagar estos hoteles. Ahora solo queda que las mantarrayas tengan más dignidad que nosotros y les quemen las patas a esos pendejos desteñidos que ya se sienten dueños de Guanacaste.
MINAE APRUEBA LA TALA DE BOSQUE EN PLAYA PANAMÁ

