martes, 18 de agosto de 2026

LA DULCE QUEJA

 

Hoy hace noventa años, los fascistas asesinaron a Federico García Lorca. Lo asesinaron por ser poeta, por ser homosexual, por ser un dramaturgo de éxito reconocido en Hispanoamérica y sobre todo lo asesinaron por ser antifascista, por amar la vida y a la libertad, a la que le cantaba enamorado y le escribía apasionado. Poetas y escritores tuvieron también en su bando los fascistas, mediocres y ridículos si es que alguien los recuerda. Homosexuales, también y por montones, pero de los que ocultaban sus gustos y los gozaban en las oscuridades de las barracas militares, las sacristías cerradas con picaporte y las oficinas de generalísimos, donde se sacaban las máscaras de hierro y vergüenza. Luego se las ponían de nuevo para volver a casa a aporrear a su mujer y a sus hijos.

       Lo que no tenían los fascistas eran amantes de verdad. De los que aman la vida, la libertad y a su gente. De los que prefieren el plomo caliente antes de traicionar a la belleza y al amor. No lo tuvieron Franco, Mussolini, Hitler, Churchill, Truman, ni Eisenhower. Y no lo tendrán nunca Trump, ni Netanyahu, ni Milei, ni Bukele, ni de la Espriella, ni el chavesti, ni su títere, ni ninguno de los fachos amargos y patéticos que pretenden volver a reptar por la tierra.  Ellos no tienen ni tendrán palabras ordenadas que formen un poema. Esa gente escupe ceniza cuando habla y el tiempo se encargará de desmoronarlos. Pero para ayudarle al tiempo, los antifascistas recordaremos a las víctimas y con un poema en la boca y un fusil en la mano, recuperaremos la tierra.

 

Soneto de la dulce queja

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,

no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

domingo, 16 de agosto de 2026

CATORCE DE AGOSTO

 

     

    para doña Ligia... 

     Nostos es el sentimiento de añoranza por el hogar que sentía Odiseo y sus hombres mientras luchaban contra los mares y la furia de Poseidón en su regreso a Ítaca. De ahí viene la palabra nostalgia. Nostos es lo que me impulsa a manejar de regreso a casa desde mi lugar de trabajo a encontrarme con mi tierra, mi amada y con mi madre.

Ayer los cien kilómetros de Nostos, fueron un poco arduos por las condiciones del temporal tropical que azota el país, pero la añoranza junto al oportuno mensaje de mi madre que me ayudó a cambiar de trayectoria y evitar Turrialba donde la caída de un árbol y un derrumbe interrumpieron el paso, y cambiar la ruta hacia Atirro, Tucurrique y Cachí, hizo el viaje más tranquilo y sin sobresaltos.

Este día de la madre no podía dejar de pasarlo sin ella. En unas semanas se cumplirán dos años de la muerte de mi padre y su salud y su vigor ya no son lo que fueron siempre. Hace unas semanas, nos anunció que se había decidido a consultar al doctor, el médico de confianza de toda la vida, sobre un temblor en sus manos, que hace tiempo no puede controlar. El médico le dijo que todo indicaba ser el inicio del mal de Parkinson. Pero igual le recomendó, que mejor sacara cita con un especialista. Pasaron un par de semanas largas antes de que mi hermana la llevara al neurólogo privado que pagamos entre los tres hermanos. Durante ese tiempo, dejó de salir sola a la calle y mi esposa tuvo que acompañarla a hacer los mandados que antes hacía sin ningún problema. El pasado fin de semana la acompañamos a la misa del mes de mi padre y recuerdo mientras la abrazaba al estar junto a ella, con mi mano sobre su hombro, sentí o creí sentir ligeros temblores que brotaban de su espalda. No sé por qué, pensé en los espasmos de la madre tierra que provocan el desplazamiento de sus placas y resultan en terremotos como los que han devastado regiones de Venezuela y Colombia los últimos días.

El dictamen del neurólogo después de revisarla y hacerle muchas pruebas de equilibrio, fuerza y movimiento, descartó el Parkinson. Le dijo que los temblores son propios de ciertas deficiencias propias de la edad. ¨Es la viejera¨ dijo ella, sonriendo de felicidad y comprometiéndose a consumir más huevo por la proteína y banano por el potasio, a pesar de lo que le han disgustado siempre estos alimentos. Todos recibimos la noticia con gran alegría, todos le agradecieron a Dios y yo no le agradecí a nadie, pero igual me sentí agradecido. Y feliz. Sabía que ella estaba bien, como siempre lo ha estado para nosotros. Cuando llegué a casa la vi en el comedor, estaba junto a la mesa en la que estaban las rosas que le envíe el día antes de la cita con el neurólogo, y después de abrazarla me agradeció por ellas. ¨Están muy lindas, son como las que me regalaba su papᨠdespués me dijo que el diagnóstico del neurólogo le trajo otra gran alegría un catorce de agosto.

—Cincuenta y un años después he tenido otra gran alegría —me dijo en medio del abrazo—. Ese fue el día en que me lo entregaron a usted en el hospital después de que lo operaron.

Un mes después de que nací tuvieron que hospitalizarme y operarme en una intervención de vida o muerte. Era 1975 y una operación a un recién nacido no era cosa fácil para los médicos. Mucho más difícil, creo yo, fue para mis padres que miraban cómo casi se moría su primer hijo. Todo salió bien, me operaron y aún llevo el recuerdo en una cicatriz de cinco centímetros a la par del ombligo, el alacrán, decía mi padre, que en ese entonces cruzaba todo mi abdomen. El catorce de agosto de ese año, me recibieron por segunda vez desde el hospital y mi madre no sabía de la otra gran alegría que tendría cincuenta y un años después.

viernes, 14 de agosto de 2026

MÍNIMO ACTO DE REBELDÍA

Mi acto de rebeldía contra el mundo es levantarme a las cuatro de la mañana a escribir.

Escribir sobre lo que sea, sobre el mundo, sobre la realidad que nos está tocando padecer, sobre el futuro que ahora más que nunca se nota cada vez más tenebroso y fatal de lo que alguna vez pudimos pensar que sería. Hace rato que no escribo.

Hace rato que dejé ese acto de rebelión estancado, no por falta de deseo sino porque no contaba con las energías para realizarlo. Conseguí un trabajo y he regresado al estado de estrés total de la realidad capitalista en un mundo al borde del cataclismo, que consume nuestra atención, nuestro ocio y al final nuestro futuro para echarnos migajas con qué poder tener la ilusión de estar vivos. Pero era necesario hacerlo, el sistema ya me tenía arrinconado contra el borde de la indigencia y no me decidí nunca a morir de hambre porque aún, a pesar de todo, creo que la vida vale la pena ser vivida cuando se tiene a gente que te brinda calor, amor y esfuerzo por soportarte. Tal vez por eso no opté por terminar con esto, renunciar a la vida como he renunciado a tantas cosas y dar el salto final por voluntad propia. No lo hice porque tuviera miedo, no, temo muchas cosas pero a acabar con mi vida no le tengo miedo. Pero me dolería dejar a esa persona que me quiere y a esta vida que aun a pesar de todo, encierra tanta belleza. Por eso, por esa belleza que aún encuentro todos los días, decidí continuar y cometer algo peor que el suicidio: entregarme de nuevo al sistema como esclavo y meretriz, como engranaje de la máquina que devora personas y que es operada por minorías que no paran de carcajearse en nuestras putas caras.

            Por eso hago el esfuerzo de escribir todas las madrugadas, aunque no publique nada, aunque nadie me lea, para demostrar al mundo, empezando por mí mismo, que se puede crear un mundo diferente, aunque sea aportando un guijarro de palabras cada día. Cada día que inicia con una nueva creación de un ser humano que decidió enfocarse en cambiar la realidad y buscar la forma de crear algo que aporte algo para el nuevo mundo, vale como el justificante para luchar y para recuperar todo lo que nos han arrebatado. A pesar de lo que te quitan de vida para entregarte a cambio treinta monedas con las cuales poder comer y pagar tus deudas, puede quedar ese último esfuerzo por la rebelión cotidiana para hacer algo que cambie las cosas. No solo para uno, porque eso no sirve de nada. La autoayuda, la mejora individual, la autosuperación del individuo, no es más que masturbación. Lo que vale es la creación y compartir esta creación con los demás. Ayudar a otros a enfocarse y a volver a poner la atención en lo que tienen enfrente y no en el espejito negro que nadie suelta porque lo tenemos enganchado con anzuelos de golosina a nuestro cerebro.

            Así pues, lo repito: mi mayor acto de rebeldía diario, por humilde y barato que parezca es levantarme a las cuatro de la mañana a escribir. A crear algo que antes no estaba porque esto es cambiar el mundo. Si todos pudiéramos hacer un acto creativo cada día sacrificando un rato de sueño, o mejor aún, sacrificando la atención que le regalamos a los dueños de la máquina, podríamos poner a girar el mundo en otra dirección. Hacia donde todos quisiéramos que girara, hacia un mundo en el que se pudiera vivir y no luchar por sobrevivir.