para doña Ligia...
Nostos es el sentimiento de añoranza por el hogar que sentía Odiseo y sus hombres mientras luchaban contra los mares y la furia de Poseidón en su regreso a Ítaca. De ahí viene la palabra nostalgia. Nostos es lo que me impulsa a manejar de regreso a casa desde mi lugar de trabajo a encontrarme con mi tierra, mi amada y con mi madre.
Ayer los cien kilómetros de Nostos, fueron un poco arduos por las condiciones del temporal tropical que azota el país, pero la añoranza junto al oportuno mensaje de mi madre que me ayudó a cambiar de trayectoria y evitar Turrialba donde la caída de un árbol y un derrumbe interrumpieron el paso, y cambiar la ruta hacia Atirro, Tucurrique y Cachí, hizo el viaje más tranquilo y sin sobresaltos.
Este día de la madre no podía dejar de pasarlo sin ella. En unas semanas se cumplirán dos años de la muerte de mi padre y su salud y su vigor ya no son lo que fueron siempre. Hace unas semanas, nos anunció que se había decidido a consultar al doctor, el médico de confianza de toda la vida, sobre un temblor en sus manos, que hace tiempo no puede controlar. El médico le dijo que todo indicaba ser el inicio del mal de Parkinson. Pero igual le recomendó, que mejor sacara cita con un especialista. Pasaron un par de semanas largas antes de que mi hermana la llevara al neurólogo privado que pagamos entre los tres hermanos. Durante ese tiempo, dejó de salir sola a la calle y mi esposa tuvo que acompañarla a hacer los mandados que antes hacía sin ningún problema. El pasado fin de semana la acompañamos a la misa del mes de mi padre y recuerdo mientras la abrazaba al estar junto a ella, con mi mano sobre su hombro, sentí o creí sentir ligeros temblores que brotaban de su espalda. No sé por qué, pensé en los espasmos de la madre tierra que provocan el desplazamiento de sus placas y resultan en terremotos como los que han devastado regiones de Venezuela y Colombia los últimos días.
El dictamen del neurólogo después de revisarla y hacerle muchas pruebas de equilibrio, fuerza y movimiento, descartó el Parkinson. Le dijo que los temblores son propios de ciertas deficiencias propias de la edad. ¨Es la viejera¨ dijo ella, sonriendo de felicidad y comprometiéndose a consumir más huevo por la proteína y banano por el potasio, a pesar de lo que le han disgustado siempre estos alimentos. Todos recibimos la noticia con gran alegría, todos le agradecieron a Dios y yo no le agradecí a nadie, pero igual me sentí agradecido. Y feliz. Sabía que ella estaba bien, como siempre lo ha estado para nosotros. Cuando llegué a casa la vi en el comedor, estaba junto a la mesa en la que estaban las rosas que le envíe el día antes de la cita con el neurólogo, y después de abrazarla me agradeció por ellas. ¨Están muy lindas, son como las que me regalaba su papᨠdespués me dijo que el diagnóstico del neurólogo le trajo otra gran alegría un catorce de agosto.
—Cincuenta y un años después he tenido otra gran alegría —me dijo en medio del abrazo—. Ese fue el día en que me lo entregaron a usted en el hospital después de que lo operaron.
Un mes después de que nací tuvieron que hospitalizarme y operarme en una intervención de vida o muerte. Era 1975 y una operación a un recién nacido no era cosa fácil para los médicos. Mucho más difícil, creo yo, fue para mis padres que miraban cómo casi se moría su primer hijo. Todo salió bien, me operaron y aún llevo el recuerdo en una cicatriz de cinco centímetros a la par del ombligo, el alacrán, decía mi padre, que en ese entonces cruzaba todo mi abdomen. El catorce de agosto de ese año, me recibieron por segunda vez desde el hospital y mi madre no sabía de la otra gran alegría que tendría cincuenta y un años después.

¡Qué hermoso articulo!
ResponderEliminarTenés mucha suerte de tener a tu mamá viva.
Un abrazo a la distancia.
Que lindo mi hermanito!!!!
ResponderEliminarQue bello!
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